Una anécdota…

Según Ernest Rutherford  (barón Rutherford de Nelson o Lord Rutherford), que era presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, ocurrió una situación anecdótica cuando Niels Bohr era jovencito y estudiaba bajo su tutela.
Esta es una historia (tomada de http://www.blogodisea.com/2010/pensando-niels-bohr-fisico-danes-premio-nobel-fisica-1922/ciencia/ con fines exclusivamente didácticos)  que viene a demostrar la gran inteligencia de este hombre, amén de las buenas costumbres que nos pueden inculcar en la enseñanza para aprender a pensar y desarrollar de varias formas un problema de resolución evidente.
El suceso verídico empieza así:
“Hace algún tiempo, me llamó un colega. Se encontraba en la tesitura de poner un cero a un estudiante por cierta respuesta que había dado en un problema de física, y el estudiante seguía afirmando que su respuesta era correcta. Los profesores y estudiantes convenieron pedir arbitraje de alguien que fuese imparcial y yo fui elegido. Me dispuse a leer la pregunta del examen que decía: Demuestre cómo es posible hallar la altura de un edificio ayudándose de un barómetro. El estudiante respondió lo siguiente: llevamos el barómetro a la azotea de dicho edificio y le atamos una cuerda muy larga. Lo descolgamos hasta la base del edificio, marcamos y medimos. La longitud de la cuerda establecida, es igual a la longitud del edificio.
En realidad el alumno había propuesto un grave problema al resolver el ejercicio de esta forma, ya que había solucionado la pregunta de manera acertada y completa.
Por otro lado, si se le otorgaba la máxima puntuación, podría modificar el promedio de su año estudiantil, conseguir una nota mas alta y así legitimar su alto nivel en física; pero la solución hallada al problema no aseguraba que el estudiante poseyera ese nivel.
Entonces propuse que se le concediera otra oportunidad al alumno. Le proporcioné 6 minutos para que contestara a la misma pregunta, pero esta vez tenía la condición de que en la respuesta debía revelar sus conocimientos de física.
Cuando habían pasado 5 minutos, el alumno seguía sin haber escrito nada. Le pregunte si quería irse, pero me contesto que tenia varias respuestas al dilema. Seguía dudando en cuál podría ser la mejor de todas. Me disculpé por la interrupción y le rogué que siguiera.
En el último minuto que le quedó, escribió la siguiente solución: tomamos el barómetro, lo lanzamos al suelo desde la azotea del edificio y calculamos el tiempo de caída con un cronometro. Después aplicamos la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y de esta manera hallaremos la altura del edificio.
En ese momento le consulté a mi colega si el alumno podía abandonar la sala. Le concedió la puntuación más alta de todas.
Cuando me marché del despacho, me volví a encontrar con el alumno y le solicité que me contara sus otras soluciones a la pregunta. Bueno, contestó, hay muchas formas. Por ejemplo, tomamos el barómetro en un día que haga sol y medimos la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si se mide a continuación la longitud de la sombra del edificio y se aplica una simple proporción, podremos hallar también la altura del edificio.
Perfecto, le contesté, ¿y de otra forma?. Si, me dijo, ésta es una técnica muy simple para medir un edificio, pero también nos puede servir. Para este sistema, debemos tomar el barómetro y nos situaremos en las escaleras del edificio en la planta baja. Según vayamos subiendo las escaleras, iremos marcando la altura del barómetro y contaremos el numero de marcas hasta llegar a la azotea. Si multiplicamos al final la altura del barómetro por el número de marcas que hemos realizado, también tendremos su altura.
Este es un procedimiento muy directo. Pero si queremos un recurso más elaborado, podemos atar el barómetro a una cuerda y realizar movimientos como si fuese un péndulo. Si se calcula que cuando el barómetro se encuentra a la altura de la azotea la gravedad es cero, y tenemos en cuenta la magnitud de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en el itinerario circular al cruzar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estas estimaciones, y si aplicamos una simple fórmula trigonométrica, podemos hallar, sin duda alguna, la altura del edificio.
Siguiendo un patrón parecido de sistema, atamos el barómetro a una cuerda y lo descolgamos desde la azotea a la calle. Si lo empleamos como un péndulo, podemos calcular la altura midiendo su período de precesión.
Concluyendo, se pueden encontrar otras muchas maneras. Seguramente, la mejor sería cogiendo el barómetro y golpeando con él la puerta de la casa del portero. Cuando éste abra, le diremos: “Señor portero, aquí tengo un espléndido barómetro. Si usted me puede decir la altura de este edificio, se lo regalaré”.
En ese preciso instante, le pregunte si no sabía la respuesta más común al problema (la diferencia de presión que nos marque un barómetro en dos lugares distintos, nos facilitará la diferencia de altura entre ambos sitios). Obviamente dijo conocerla, pero también me contó que durante sus enseñanzas, sus profesores habían procurado enseñarle a pensar.”
Evidentemente, este joven era Niels Bohr.

Niels-Bohr

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Una respuesta a “Una anécdota…

  1. Anécdota sin duda de profunda reflexión en el ámbito de la enseñanza y así reconocer que la formulación de interrogantes debe ser precisa y al mismo tiempo estar abierta a procesos lógicos -creativos y no solamente rutinarios.

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